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| Los animales merecen respeto, especialmente sus vidas. |
Al abrir mis ojos, nunca imaginé que podría pasar en un
futuro. Como es de costumbre inicié la rutina de la limpieza de mi cara y
arreglo del vestuario para ir una vez más al trabajo de la mañana.
Eran las 04:30 de la madrugada, cepillaba mi cabello y de
repente escuche unos gritos de dolor fuera de la casa, me asome a la ventana y de
lejos observé a un indefenso animal que había sido arrollado por un auto, como
siempre el conductor hizo el daño y aceleró de inmediato.
Deje de lado las cosas por realizar, agarré unas galletas que reposaban en la mesa de comedor y
recurrí al auxilio del pobre perrito que con sus gritos, emanaba la palabra
ayúdenme, me muero del dolor.
Al llegar a él, coloqué las galletas a lado de su
boca, pero el dolor del pobre animal, le hizo olvidar su hambre por completo. Con
su cuerpo lastimado había tomado fuerzas para arrinconarse en un extremo de la vía.
Con la preocupación de las obligaciones en mi cabeza, y
el corazón destrozado por aquel hecho tan profundo, tome el camino a casa para continuar con mi rutina.
Una vez arreglada, sujeté mis cosas y me direccioné al
trabajo. Durante el camino marqué al 102
bomberos, 101 policía, pero ninguna de las dos ayudas pudieron dar contestación
y auxilio a este pobre ser vivo indefenso. En ese momento, mi mente me llevó a
poseer el sentimiento de desesperación y con ello injusticia saturada de
impotencia, porque a pesar de que las personas prometen salvar vidas, en casos
como estos nunca lo hacen.
06:30 con el
pensamiento en mi mente de como estaba el pobre animal y la preocupación de que viviría logré completar
las horas de trabajo. Al llegar a casa, regresé la mirada hacia donde reposaba
el animal, y aún permanecía agonizante
en aquel rincón de abandono.
Con el corazón en la mano, imploré a mi compañero de
trabajo que le brindemos una ayuda, es decir llevar al perrito a una
veterinaria. Remangue las mangas de mi suéter y solicité a unos niños que
pasaban por ahí que me ayuden, pero el animal solo quería que lo topara yo.
Tome fuerzas y lo hice.
Con ojos expresivos, llenos de dolor, el animal me observaba
durante el traslado a la clínica veterinaria; en agradecimiento lamía mis manos.
Con la ilusión de una esperanza de salvación acudí a todas
la posibilidades de curación. Pero luego de dos horas de angustia los médicos
supieron decir que no la hay, debido a que toda su parte trasera había sido destrozada
por las llantas del automóvil.
Al escuchar eso, mis ojos se tornaron rojos y las lágrimas
empaparon mis mejillas. Una vez más me sentí tan impotente por no poder hacer nada.
Pero al dialogar nuevamente con el doctor, las palabras
fueron mucho más fuertes.
–Señorita, tenemos que lastimosamente aplicar la eutanasia.
Definitivamente, con todo eso, mi corazón no soportó y
los sentimientos de tristeza lograron que aquel día sea el más terrible de mi
vida, debido a que un animal como una persona merece el derecho a vivir, no en
la calle, sino en las mejores condiciones que muchas leyes locales o internacionales
lo emanan.
Con este hecho doloroso, aprendí que los animales
necesitan de nuestra ayuda. Porque ellos al igual que nosotras las personas,
requirieren un buen vivir así como lo expresa la constitución establecida.
Quizás parece loco pero los animales merecen de un Sumak Kawsay, porque el derecho a la vida, es para todos quienes habitamos en este planeta.
Autor: Gustavo Santín. Basado en los relatos de la directora de diario El Huilco, Heliana Jaramillo.

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